martes, 19 de diciembre de 2006

CAMBIOS

Era un día de esos de un azul radiante en que uno sólo desea salir a pasear por calles estrechas y desembocar súbitamente en plazas luminosas. Las terrazas de los bares no debían estar muy llenas a esa hora de la tarde, así que salí a tomar café, huyendo de la luz mortecina que se iba adueñando de mi estudio. Llevaba varias semanas sintiéndome mal, con una especie de depresión mal curada que se filtraba bajo tierra, como el Guadiana, para salir con mucha más fuerza unos kilómetros más allá. Había estado haciendo como que trabajaba durante un rato, moviendo papeles de sitio no más y tirando algunos periódicos viejos. No estaba , pues, muy satisfecho de mí mismo.

Era un momento de esos adecuado para la risa en compañía, o para la dulce vagancia delante del correo y de una copa de oporto frío. Sin embargo no hallé respuesta a las llamadas de teléfono que hice, y esa mañana no había encontrado nada en el buzón. Comencé a andar sin rumbo.

En ese tipo de tardes uno está dispuesto a todo, abierto a cada sorpresa insospechada que pueda acechar agazapada en alguna esquina. Pero uno siempre imagina felices encuentros, mujeres extrañas que le saludan, viejos amigos que volvieron justo ayer de ese largo viaje por el extranjero. Hay mucha soledad acumulada en estos sueños, y más que a sorpresas se parecen a deseos indefinidos, casi imposibles de ser realizados.

Supongo que iba pensando en todas estas cosas, o que me iba dejando llevar por la languidez de la luz que rebotaba en las esquinas superiores de las casas del centro de la ciudad. Fue entonces cuando la vi. Casi no me doy cuenta, tan absorto iba en mí mismo y en el difícil equilibrio que mantenía aquella tarde entre la satisfacción del aire limpio y fresco que respiraba y la carga de algunos recuerdos, no por agradables menos dolorosos ahora.

Era oscura, y parecía herida. Estaba apoyada en una bolsa de cuero viejo, sobre la mesa de la esquina en aquella terraza. En la plaza había palmeras, y un pequeño callejón se abría a mano derecha, sombrío, fresco, húmedo. Unos pocos rayos de sol se colaban entre las palmas y brillaban en la pared del bar, en las manijas de bronce pulido de las puertas, en sus ojos. Eran unos ojos oscuros, muy oscuros. Demasiado profundos, abisales. No se movían, y me estaban mirando. Me estaban mirando, he dicho, pero no era a mi cuerpo al que miraban, sólo a las pupilas de mis ojos, y las traspasaban hasta llegar a mis sueños, colarse en ellos, dominarlos.

Tenía un camarero a mi lado con cara de paciencia. Debía llevar un rato esperando. Pedí un café con hielo. La sombra de la torre de la iglesia que había en la plaza marcaba los minutos moviéndose lenta, fría, puntiaguda. Se oía un rumor lejano de coches. Pasaron dos policías en moto entre los parterres que rodeaban a las palmeras. Silencio. El camarero me trajo el café. Pagué. Lo despedí con una sonrisa. Meticulosamente fui cogiendo de la taza con la cucharilla, esa crema espesa, tostada, que debe llevar siempre un café bien hecho en un bar como ese. La fui saboreando lentamente, poniendo toda mi atención en ello, hasta que apareció un hueco oscuro y humeante en la superficie del líquido que había en la taza. Entonces sentí que me llamaba.

No quise mirar, sabía que era ella, y cogí la taza de café con una mano para verterla en el vaso largo y estrecho que el camarero había dejado sobre la mesa. Puse mucho cuidado en no derramar ni una sola gota, como si me fuera la vida en ello, y me satisfizo profundamente lograrlo. Justo entonces saltó sobre mí. La sentí venir, sin verla, y no tuve tiempo de esquivarla. Me asustó y algunas gotas de café hicieron el dibujo de una mariposa sobre la mesa blanca. Ronroneó y se acurrucó sobre mis rodillas. Miré hacia abajo y su mirada volvió a crear sueños extraños, hipnóticos. Sentí como una orden y miré hacia la mesa donde estaba la bolsa de cuero viejo. Un rayo de sol dibujaba sombras en ella. Había también algunos papeles esparcidos, dos fotos y un vaso pequeño sobre un plato, un vaso de esos que se curvan ligeramente hacia fuera en la parte de arriba. Dentro del vaso había café solo, cubierto por una espesa capa de crema marrón suave. Una mano con una cuchara pequeña cogía meticulosamente la crema y la llevaba hasta una boca pequeña y oscura que, no sé porqué, tenía forma de llamarse Carmen. Encima de la boca había una nariz ébano claro, y sobre ésta unos ojos que me miraban fijos, negros, heridos. Sonreí estúpidamente, como rindiéndome, me levanté con mucho cuidado y la gata entre las manos. La llevé hasta la mesa de su dueña, o quizás debiera decir de su amiga. La dejé sobre una silla lentamente, con cariño, con pena. Los ojos de aquella mujer que tenía boca de llamarse Carmen me miraron de nuevo. No sé cuanto tiempo pasó. Soñé con palmeras, dolor y extensiones heladas. Soñé con noches interminables en un barco a la deriva. Soñé con miedo y humedad, con vientos ululantes y pérdidas.

Sentí un beso en los labios, suave, como de un adiós definitivo entre gente que se conoce bien. Al mismo tiempo sentí en los hombros la leve presión de unas manos oscuras, suaves, hermosas. "Gracias"--dijo. Y se alejó lentamente. Las farolas ya estaban encendidas y la luz del crepúsculo lanzaba reflejos dorados sobre su espalda. Llevaba vaqueros y una camisa a rayas anchas horizontales, azules y blancas. Llevaba un pañuelo rojo atado al cuello. Llevaba una bolsa de cuero viejo, no debo olvidarlo, y una gata negra corría junto a sus piernas.

Volví a casa tarde, cansado de huir del frío por los callejones y los bares. Cerré la puerta a mis espaldas como quien coloca la losa en una tumba. Desde entonces no duermo, y un gato claro, del color de mi pelo, con los ojos color tierra, como los míos, ronda mi azotea como sólo un buen amigo lo haría, cuidando de mí con esmero.

Sevilla, Marzo de 1.990.