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lunes, 27 de agosto de 2007

24 de agosto de 2007

Esta tarde llovía en Sevilla,
grandes gotas de agua,
manchas oscuras que crecían en mi ropa.

Tu no estabas y
cada humedad nueva que corría por mi espalda,
cada gota que escapaba de mis pelos a mis cejas,
cada luz,
cada nube
me sabía a tí.

Ahora, en Cádiz,
repaso mi nostalgia,
mi deseo,
tu ausencia...

[Allá quedaste en Isla Antilla,
enfrentando el mismo mar
que aquí
me
rodea].

martes, 19 de diciembre de 2006

Gato en cesta


Del pasado. Una recreación de un dibujo que vi en una tarjeta de navidad hace mucho, mucho tiempo. Era como un sello con el que, por alguna razón, me identificaba. Pensé en convertirlo en logo de muchas cosas... ahí quedó. Como un sueño que se debe a su fuente...

DECLARACIÓN DE INTENCIONES.

Cuando te digo que te quiero,
me estoy comprometiendo
a intentar hacer
que esa frase tan gastada,
tan usada,
tan vacía,
en mi boca esté
llena de sentido.

[Obras son amores
y no buenas razones].

Pero, como explicarte todo esto en un susurro,
mientras mi boca roza tu oreja
y ya me falta el aliento,
es un poco complicado,
sólo digo que te quiero,
otras veces grito tu nombre,
otras, nada.

Sevilla, diciembre de 1.991

...sino en ti.

I

Bienvenida a casa,
abro las puertas y,
detrás de ti,
sonrío.

Entras.

Estás aquí.

Te quiero.



II

Quise traerte una flor,
no quería, sin embargo, cortarla.



III

A veces me pregunto
qué viento,
qué estrella,
qué soledad.

No hallo respuesta sino en ti.

1991

Miedo

Espero un miedo, un dolor,
tiemblo en el viento.
Se me deshacen el tiempo y la sonrisa,
se me hace pedazos,
sin querer,
el aliento.

Queda un dolor sordo,
un miedo a no ser feliz
que paraliza,
duele,
hiere,
y desangra gota a gota
la energía conseguida
en la felicidad
de tus ojos.

1991

1991

Mientras acaricio tu sombra de luz en medio de la noche,
las horas se escapan.

Hay un brillo especial de tu piel
cuando, con una sonrisa,
el sudor resbala de tu pelo
sobre mis sábanas verdes.

Clumsyman

En el principio, el héroe,
Clumsyman,
se confunde de nuevo y,
sin saber como,
comienza a ser feliz.

Por supuesto que se preocupa,
no es esta una cosa para tomar a la ligera.
Decide entonces cavar hondo,
desenmarañar la raiz rubia
de tanto gozo.
Se preocupa más.
Está ahí,
ante sus ojos,
palpitando quién sabe por qué,
por quién.

Nota un dolor o un latido,
canta una canción entre dientes,
llama mil veces por teléfono a ninguna parte.
Día tras día busca una certeza
en unos ojos que no están,
en una boca que no está,
en una presencia lejana.

Construye símbolos y azares,
quiere saber y se abre,
y mira dentro,
y busca en las entrañas un oráculo.
Quiere saber y mira
unos ojos que ya están,
unos labios que ya están,
una presencia que ya está ahí.

Y aprende de nuevo día a día
a desenterrar lo que ya no es
y se pudre dentro,
a resembrar el barbecho breve e inútil de su cuerpo de soles y lunas renacidas.

Y ya no es el principio,
y ya no es el triste Clumsyman
sino una fuerza que sube y reconstruye,
que ríe y bebe
vida,
sueños,
tiempo y miedo;
y que sólo lamenta
no tener más tiempo para querer.

Sevilla, 1991

POEMA ESCRITO EN LA CONTRAPORTADA DE UN LIBRO DONADO AL PUEBLO CUBANO CON OCASIÓN DE LA CAMPAÑA CONTRA EL BLOQUEO ECONÓMICO A CUBA.

Cruzo el mar en la leche,
cruzo el mar en este libro,
en el cuaderno que recogí ayer,
en los lápices que me dio el vecino.

Cruzo el mar y, desde las letras,
miro a los ojos a las cubanas,
miro a los ojos a los cubanos,
miro el sol, miro el aire,
miro el Caribe.

Cruzo el mar y, desde los vasos,
miro las risas de los niños,
miro las bocas de los niños,
el crecimiento de los niños.

Cruzo el mar y miro hospitales,
escuelas, círculos infantiles,
miro la caña, miro el sarao,
miro el petróleo escondido.

Un día de estos
he de cruzar el mar yo mismo.
Entonces lo veré todo con mis ojos.
¡Decidles, por favor, a la justicia y la alegría
que no se vayan antes de que llegue!

20 de abril de 1.993

Juegos de palabras

Por sonido van juntos
separación, incomprensión, depresión,
regreso, beso, queso, seso
—incluso embeleso—,
Marisa, risa …
… ¿y Carlos?


Mayo, 1.991

Segundo poema latino

Te fuiste sin mirar atrás,
riendo te fuiste,
sonreíste entre dientes
bajando las escaleras.

Me quedé en la puerta,
mirando, mientras cerraba el día,
mientras acababa la noche
y esperaba las burlas de mis compañeros.

Podríamos haber soñado,
juntos al amanecer,
que ni mi casa
ni la tuya
tienen escaleras
para bajar.

Aunque no sé,
ni sé si me gustaría saber,
si te hubiera gustado
que ninguno de los dos
hubiéramos tenido
visitas que atender.


Sevilla, 1.991

Poema latino

Gasto
energía, sueños, miedo.
Y pulo estas letras a tu salud,
aburrido del frío,
mojado del viento y la soledad,
buscando una palabra
que no,
nunca,
podré decir.

Tu nombre.

Sevilla, 1991

Escribir por escribir... (principio de los 90).

Esto es un pequeño ensayo de cuento. No se culpe a nadie de lo extravagante del mismo. Pretendía que tratara sobre seres humanos que se encuentran inesperadamente, pero no sé si esto será posible: podría ponerme triste y mi médico me lo ha prohibido. De todos modos, siempre se me escapará algo de este tema —hay un demonio travieso en mi modo de escribir que no perdona ninguna distracción. Además, ¿cómo escribir sobre otra cosa? La mayoría de los encuentros, incluso los preparados, terminan siendo inesperados.

Como esto es un ensayo de cuento, yo, el presunto escritor, debería comenzar presentando los personajes de algún modo original. No voy a hacerlo. Algún día me lo agradeceréis, sobre todo si os atrevéis a leer cualquier cosa que haya escrito. Me parece que voy a escribir este cuento sin personajes, o al menos sin lo que se entiende normalmente por personajes, estoy bastante harto de que la gente ande buscando parecidos con la realidad que, es sabido, nunca son pura coincidencia.

En realidad, he de confesarlo, esto no es ni siquiera un ensayo de cuento. ¿No os habíais dado cuenta aún? Es una excusa para hablar, sin trabas y con muchas trampas, de lo que no se puede hablar. Suponed, por ejemplo, que yo quisiera decir algo —es sólo una suposición, para eso tendría que tener algo en la cabeza—, ¿cómo hacerlo sin descubrirme? A estas alturas pensaréis que soy terriblemente complicado y estaréis a punto de abandonar la lectura. ¡Bien! De eso se trata. Si no habéis dejado de leer, descubriréis que no se puede sacar mucho en claro de lo que escribo. ¿O sí? Me gusta pensar que hay alguien más en el mundo que me conoce y puede entender de que va todo esto. Alguien quizá que sabe cuando y como y para quien lo he escrito. Pero me estoy desviando del tema que quería evitar, y esto es imperdonable. Volveré a intentarlo.

Quedamos en que esto era un ensayo de cuento sobre seres humanos que se encuentran inesperadamente. Quedamos, además, en que esto no era siquiera un ensayo de cuento, en que era una excusa no más. Podemos dejarlo así por el momento y continuar, siempre gusta saber qué es lo que se está leyendo (pronúnciese ‘leiendo’).

¿No os da miedo pensar que estamos casi al final de la primera página y todavía no he dicho nada? Soy un gusano (guiño), lo sé, pero esto es una de las cosas más agradables que me han pasado últimamente. Quedan sólo seis líneas y creo que estoy en condiciones de afirmar, y no equivocarme, que no diré nada nuevo en ninguna de ellas. Lo siento mucho, perdonadme, sé que se os está haciendo pesada la lectura, sé que esto no es un cuento … bueno, la verdad es que no sé siquiera qué estoy escribiendo ahora mismo, qué me está permitido escribir.

CAMBIOS

Era un día de esos de un azul radiante en que uno sólo desea salir a pasear por calles estrechas y desembocar súbitamente en plazas luminosas. Las terrazas de los bares no debían estar muy llenas a esa hora de la tarde, así que salí a tomar café, huyendo de la luz mortecina que se iba adueñando de mi estudio. Llevaba varias semanas sintiéndome mal, con una especie de depresión mal curada que se filtraba bajo tierra, como el Guadiana, para salir con mucha más fuerza unos kilómetros más allá. Había estado haciendo como que trabajaba durante un rato, moviendo papeles de sitio no más y tirando algunos periódicos viejos. No estaba , pues, muy satisfecho de mí mismo.

Era un momento de esos adecuado para la risa en compañía, o para la dulce vagancia delante del correo y de una copa de oporto frío. Sin embargo no hallé respuesta a las llamadas de teléfono que hice, y esa mañana no había encontrado nada en el buzón. Comencé a andar sin rumbo.

En ese tipo de tardes uno está dispuesto a todo, abierto a cada sorpresa insospechada que pueda acechar agazapada en alguna esquina. Pero uno siempre imagina felices encuentros, mujeres extrañas que le saludan, viejos amigos que volvieron justo ayer de ese largo viaje por el extranjero. Hay mucha soledad acumulada en estos sueños, y más que a sorpresas se parecen a deseos indefinidos, casi imposibles de ser realizados.

Supongo que iba pensando en todas estas cosas, o que me iba dejando llevar por la languidez de la luz que rebotaba en las esquinas superiores de las casas del centro de la ciudad. Fue entonces cuando la vi. Casi no me doy cuenta, tan absorto iba en mí mismo y en el difícil equilibrio que mantenía aquella tarde entre la satisfacción del aire limpio y fresco que respiraba y la carga de algunos recuerdos, no por agradables menos dolorosos ahora.

Era oscura, y parecía herida. Estaba apoyada en una bolsa de cuero viejo, sobre la mesa de la esquina en aquella terraza. En la plaza había palmeras, y un pequeño callejón se abría a mano derecha, sombrío, fresco, húmedo. Unos pocos rayos de sol se colaban entre las palmas y brillaban en la pared del bar, en las manijas de bronce pulido de las puertas, en sus ojos. Eran unos ojos oscuros, muy oscuros. Demasiado profundos, abisales. No se movían, y me estaban mirando. Me estaban mirando, he dicho, pero no era a mi cuerpo al que miraban, sólo a las pupilas de mis ojos, y las traspasaban hasta llegar a mis sueños, colarse en ellos, dominarlos.

Tenía un camarero a mi lado con cara de paciencia. Debía llevar un rato esperando. Pedí un café con hielo. La sombra de la torre de la iglesia que había en la plaza marcaba los minutos moviéndose lenta, fría, puntiaguda. Se oía un rumor lejano de coches. Pasaron dos policías en moto entre los parterres que rodeaban a las palmeras. Silencio. El camarero me trajo el café. Pagué. Lo despedí con una sonrisa. Meticulosamente fui cogiendo de la taza con la cucharilla, esa crema espesa, tostada, que debe llevar siempre un café bien hecho en un bar como ese. La fui saboreando lentamente, poniendo toda mi atención en ello, hasta que apareció un hueco oscuro y humeante en la superficie del líquido que había en la taza. Entonces sentí que me llamaba.

No quise mirar, sabía que era ella, y cogí la taza de café con una mano para verterla en el vaso largo y estrecho que el camarero había dejado sobre la mesa. Puse mucho cuidado en no derramar ni una sola gota, como si me fuera la vida en ello, y me satisfizo profundamente lograrlo. Justo entonces saltó sobre mí. La sentí venir, sin verla, y no tuve tiempo de esquivarla. Me asustó y algunas gotas de café hicieron el dibujo de una mariposa sobre la mesa blanca. Ronroneó y se acurrucó sobre mis rodillas. Miré hacia abajo y su mirada volvió a crear sueños extraños, hipnóticos. Sentí como una orden y miré hacia la mesa donde estaba la bolsa de cuero viejo. Un rayo de sol dibujaba sombras en ella. Había también algunos papeles esparcidos, dos fotos y un vaso pequeño sobre un plato, un vaso de esos que se curvan ligeramente hacia fuera en la parte de arriba. Dentro del vaso había café solo, cubierto por una espesa capa de crema marrón suave. Una mano con una cuchara pequeña cogía meticulosamente la crema y la llevaba hasta una boca pequeña y oscura que, no sé porqué, tenía forma de llamarse Carmen. Encima de la boca había una nariz ébano claro, y sobre ésta unos ojos que me miraban fijos, negros, heridos. Sonreí estúpidamente, como rindiéndome, me levanté con mucho cuidado y la gata entre las manos. La llevé hasta la mesa de su dueña, o quizás debiera decir de su amiga. La dejé sobre una silla lentamente, con cariño, con pena. Los ojos de aquella mujer que tenía boca de llamarse Carmen me miraron de nuevo. No sé cuanto tiempo pasó. Soñé con palmeras, dolor y extensiones heladas. Soñé con noches interminables en un barco a la deriva. Soñé con miedo y humedad, con vientos ululantes y pérdidas.

Sentí un beso en los labios, suave, como de un adiós definitivo entre gente que se conoce bien. Al mismo tiempo sentí en los hombros la leve presión de unas manos oscuras, suaves, hermosas. "Gracias"--dijo. Y se alejó lentamente. Las farolas ya estaban encendidas y la luz del crepúsculo lanzaba reflejos dorados sobre su espalda. Llevaba vaqueros y una camisa a rayas anchas horizontales, azules y blancas. Llevaba un pañuelo rojo atado al cuello. Llevaba una bolsa de cuero viejo, no debo olvidarlo, y una gata negra corría junto a sus piernas.

Volví a casa tarde, cansado de huir del frío por los callejones y los bares. Cerré la puerta a mis espaldas como quien coloca la losa en una tumba. Desde entonces no duermo, y un gato claro, del color de mi pelo, con los ojos color tierra, como los míos, ronda mi azotea como sólo un buen amigo lo haría, cuidando de mí con esmero.

Sevilla, Marzo de 1.990.

lunes, 18 de diciembre de 2006

El último poema del preprofesor.

AGOSTO, 1.988

Dulce dolor de no saber,
la rosa de la memoria perdida
en el tiempo, el viento
de la luz pasada en los ojos,
la noche pasajera, el miedo
de no volver más.

Y, mientras tanto tú
diosa de horas,
humedeces libremente mi corazón y mi sexo.

TRES POEMAS. JUNIO, 1.988

1/

Tiempo atrás supe
entre mis ojos que había,
la certeza tuve
cada mañana
de andar despierto y,
en el aire, encontrar
con que llenar los pulmones.

Supe también, y era hermoso,
qué significaba cada brillo
y el color de hoja de otoño de tu piel,
y en que grito perdíamos el sentido
de andar descalzos.

Aquello acabó,
hoy sólo fotos, recuerdos,
alguna carta en mi baúl,
alguna sonrisa, un olor,
trabajo atrasado y vida, mucha,
por hacer.

De tí hoy me faltan
hasta los desencuentros,
de mí, tan solo, la fuerza
de volver a inventarte,
o de inventar sin nadie esas mañanas,
ese brillo en los ojos
y ese aire tan lleno
con el que no me asfixio.


2/

BARBECHO

Duele mucho este tiempo de cultivo,
la tierra ansía el trigo, y sólo
el trébol moribundo y la fugáz caléndula
se dignan visitar
los terrones revueltos.
No obstante de aquí
han de salir el aire,
el agua y el abono
que enriquezcan el suelo
para un futuro fértil.

3/

I
Te olvidaste los ojos en mi memoria,
¡ay!, sólo los ojos,
¿por qué no una cita,
un teléfono,o, mejor aún,
el olor de tu piel en mis manos?

II
En mi sueño sabías sonreir como poca gente. Pero esa no era mi casa, ¿o sí?, y no estuve dormido lo suficiente para quedarnos a solas. Luego, un café solo, bajar una lavadora vieja a la calle, y ponerme a trabajar, que ya es hora.

III
Si tuvieras un nombre hoy,
esta tarde tan solo,
un nombre con el que llenar tantas sonrisas que te sueño,
un nombre con el que cerrar esa nube,
esa imagen,
un nombre no más con el que llamarte,
con el que echarte de menos,
con el que escribirte estas líneas
entonces un poco,
sólo un poco,
menos
vacías.

IV
Todas estas horas desperdiciadas
en tanto echar de menos a la nada.

Sueño con ******

Este texto es el relato de un sueño de finales de los ochenta del que ahora recuerdo nada más que la escena final, más que visual, ambiental, táctil, térmica. No suelo recordar los sueños cada mañana, y en aquél año, este fue una excepción inapropiada, chocante, que guardé en el secreto de un escrito no enseñado (si no fuera porque en los sueños nada está equivocado, diría que soñé con la persona equivocada).

He tenido un sueño en el que me tocaban y yo tocaba. Cada contacto, cada escalofrío, era real. Las imágenes se difuminaban y, sin embargo,era increiblemente real. Al principio, la película, la presentación de los personajes, un aeropuerto, preocupaciones de la vida real entremezcladas con imaginaciones y deseos, imágenes propias y prestadas.... Luego, la envidia de cualquier montador de cine. El paso radical de una sala vacía de un aeropuerto en una lejana isla a una penumbra sin nombre donde los cuerpos crecían bajo las manos y se estremecían bajo los labios. Del metal frío y las losas frías a una calidez especial que irradia del abrazo, que diluye o hace desaparecer las ropas, las cosas, y que sólo deja una penumbra y el tacto de la piel y la suavidad de unas sábanas que se difumina en una luz extraña y refleja, quizá de un fuego sin calor, de una vela, porque el calor, el único calor salía de los cuerpos.

YARO. 1.983

Cuando comencé a recopilar los supervivientes de la quema, apareció en mi recuerdo la existencia de este poema, inspirado por “El señor de los anillos” de Tolkien (mucho antes de que se hicieran las películas), en un papel que andaba perdido por algún lado. Como veis, lo encontré:

La noche oscura donde los astros callan,
el viento del norte, frío de los hielos,
el agua de las lluvias torrenciales,
no bastarán para empapar mi capa,
no bastarán para cegar mi corazón.

Porque recuerdo donde la montaña y el mar,
donde los árboles y el río,
donde el viejo sol y la dulce luna,
pueden confortar al menor de los amigos.

Yaro.

domingo, 17 de diciembre de 2006

Cádiz, 1985

y cuando llega el momento de escribirte
(porque me llega, me toma, y yo sin pensarlo)
se me escurren palabras y tristezas,
y una garra agarra en el pecho
(allá dentro, donde el músculo bombea)
y me acuerdo de noticias sin importancia,
dentro de media hora
la primera clase práctica,
me estoy dejando de nuevo la barba,
y, luego, sentimientos, soledad, ausencia,
y no mendigarte una palabra
pero hacerlo,
y esperar sin esperanza noticias
y luego correr,
levantarme,
lavarme los dientes y correr,
que llego tarde
al punto en que me espera el de la autoescuela.

Sevilla, 1.985

Y ahora a mirarse en los ojos la noche y decir tonterías. Se pasa bien, no creas. Escuchamos canciones antiguas, y otras recién estrenadas. No, en la radio no. También en los ojos.

Cuando ese brillo me trae la oscuridad de dentro es cuando ya no hay que hacer, y ella dice "ojos tristes"... y lo vuelve a repetir. Entonces río, reímos, y se disipa la oscuridad turbia, la que hace daño, y queda una sensación que no es del todo agradable. Pero ella es hábil, mucho, en conseguirme una sonrisa. No como yo, que no sé siempre romper la coraza y tengo que hacerla sentirse mal con mis intentos. Es mejor entonces estar allí cerca, conseguir quizá que nos vayamos del sitio malo, del sitio que ha quedado feo teñido de gritos o lágrimas; entonces, por el camino a no-sé-dónde, ella salta, y ríe, y es todo alegría y alegría y besos y pelos alborozados. Nos vamos entonces al parque, a la noche, al río, al bar, a la cama, a correr en el viento la alegría sobre las barandas de los puentes. Y vemos al pasar las estaciones y los barcos, y el cuartel de bomberos, y nos parecen bonitos (por lo menos a mí los coches rojos, y a ella los trenes, y a los dos, seguro, los vapores).

Apoyándose en el contador de aparcamientos...

También publicada en Bicho, en el segundo curso en que salió la revista (1981-82):

APOYÁNDOSE EN EL CONTADOR DE APARCAMIENTOS

Está loca y lo sabe, lo explota.
La libertad total es una palabra que se escurre, que sonríe
desde sus labios.
Está loca y es fuerte, muy fuerte, su manera de mirar.
De besar. De amar la luna llena cada mes.
Hay hombres que quisieron morir por ella -intentaron suicidarse
en tardes oscuras.
Hay hombres que la odian porque es libre.
Hay nombres de hombre que no quiere pronunciar.
Es fuerte su manera de besar, de amar la luna llena,
de llorar la nueva cada mes. Cada adiós. Cada siempre.

Ayer llegó a mi casa una postal de California.
Era de ella.
"Quiero que no me ames, pero ven pronto", decía,
y luego: "estaré apoyándome en el contador de aparcamientos".

Es hermosa.
No puso el remite porque sabe que nunca podré ir.