miércoles, 20 de septiembre de 2006

11 de septiembre de 1973

En Guerra a la Penumbra hay un post titulado Y pagarán su culpa los traidores, que me ha agarrado las tripas. Comienza así:

Un día como hoy, 11 de septiembre, hace 33 años, Chile despierta con la noticia de un golpe militar, que en forma sangrienta derroca al gobierno del socialista Salvador Allende.

Y continúa contando cómo Salvador Allende se niega a escapar, a firmar la renuncia, a aprovechar el avión que le ofrecen para salir del país y dejar a Chile atrás... y nos cuenta que, por la radio, dijo que no iba a irse, que se quedaría en la moneda defendiendo la decisión del pueblo de Chile...

Leer los discursos que radió Salvador Allende ese día es toda una lección. Entre las siete menos cinco y las nueve y diez fue informando al pueblo del golpe de estado, ordenando que se mantuvieran en sus puestos de trabajo, aconsejando calma, que no se dejaran masacrar, que no respondieran a provocaciones... Mensaje a mensaje se ve cómo de la confianza en la fidelidad de las fuerzas armadas se pasa a la constatación de la traición generalizada de las mismas. Se ve también cómo la respuesta es permanente. Allende no se fue. Allende se quedó y defendió el Palacio de la Moneda, el Palacio presidencial, defendió a Chile y evitó la posibilidad de que los golpistas usaran su retirada como justificación, se convirtió en un símbolo...

Gabriel García Márquez, tres décadas después, analizó este momento y su sentido... Cuenta cómo se aferró a la legalidad hasta el final, afirma que la contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. Y nos explica que la experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder. (Frase terrible, cuyo contenido se ha usado en múltiples ocasiones para justificar lo injustificable).

Los dos párrafos finales del texto de García Márquez son arrasadores. El penúltimo describe en gran medida una de las grandes tragedias de la democracia, personificada en la tragedia de Salvador Allende: Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que el se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El último nos recuerda que la tragedia no fue local, sino universal: El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Todo esto es lo que nos cantó Pablo Milanés en su canción "a Salvador Allede en su combate por la vida".

...
Llegó este momento, no hay más nada
te viste empuñando un fusil.
...
Qué manera de quedarse tan grabada
tu figura ordenando nacer,
...
Cesó por un momento la existencia,
morías comenzando a vivir.
...
Aunque, sin olvidar el momento, la traición, la derrota, la persistencia, el sacrificio, la lucha hasta el final, también cantó un mensaje de esperanza, un deseo, un proyecto que es coherente con los últimos mensajes de Allende (el proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse). Me refiero a "yo pisaré las calles nuevamente". El mensaje es claro:

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada
y en una hermosa plaza liberada
...
retornarán los libros las canciones
que quemaron las manos asesinas
renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.