sábado, 5 de agosto de 2006

Análisis

A veces no se sabe que ocurre con el tiempo y las apariencias, y un pasado que se reinventa aparece reclamando espacios y pasiones. ¿Qué fibra extraña del silencio se convierte en grito? ¿Qué fantasma agotado revive y demanda nuevos momentos?
Pero no es nada extraño ni fantasmagórico lo que aventa la lumbre y de la ceniza inventa brasas. Pura gana de vivir, aún a costa de que desaparezca lo que era, lo que no podía ya aceptarse, lo que se convirtió un día, sin saberlo en una carga inútil, en desperdicio, en basura, en lo superfluo.
Por eso se reinventa el tiempo y las apariencias se rompen. Ya la imagen del yo se quiebra, se disocia, se analiza, se procesa... Por eso se transforma la construcción precisa que pareció permanecer durante años.
Aséptica e implacable la revisión de la memoria y de los sentimientos. ¿Aséptica? ¿Implacable? Más bien trabajoso discurrir que vuelve una y otra vez a buscar la claridad que poco a poco parece aparecer. Más bien sucio y hermoso esfuerzo de las tripas que a la memoria y a la inteligencia exigen explicaciones sin descanso, hasta que un día, satisfechas, son capaces de sonreír de nuevo.
Se produce entonces el milagro de la confusión, siendo lo mismo todo cambia y la claridad se extiende donde la comprensión alcanza. De la confusión surge el entendimiento, y del entendimiento la reinterpretación... Lo que era obstáculo se convierte en síntoma, y el síntoma pronto se convierte en pasado. En estas condiciones, ¿cómo no comenzar a vivir con alegría el resto de nuestras vidas?